Carisma Teresiano en el Seglar Carmelita

EL CARISMA TERESIANO EN EL SEGLAR CARMELITA De puertas adentro: identidad- P. Saverio Cannistra OCD -Preposito General
Es todo un placer para mí tomar la palabra en este IV Congreso ibérico de carmelitas seglares al que os agradezco la invitación, pues me permite encontrarme con una parte importante de la familia carmelita de España y Portugal.
En estos días reflexionaréis sobre cuestiones muy importantes con relación a vuestra vocación, a vuestra vida y a vuestra misión. El intercambio de experiencias será seguramente de gran importancia para responder a tantas preguntas que se hace el que quiere vivir en el mundo de hoy la vocación carmelita teresiana. Los organizadores han querido que estuviera también presente el centro de la Orden, no sólo en la persona del Delegado para la Orden Seglar (en este caso, tengo que decir excepcionalmente, los Delegados, pues están presentes los dos, el Delegado entrante y el saliente). Aquí estamos, por lo tanto, el Vicario General y un servidor, para dar inicio a este encuentro con algunos puntos de reflexión fundamentales. Me gustaría poder ofreceros algún punto central, que pueda servir de base en los sucesivos momentos de reflexión, pero no sé si seré capaz, pues es un tema complejo y mi experiencia un tanto escasa en este ámbito. Intentaré centrarme en tres aspectos esenciales de la identidad de un carmelita seglar: su ser «laico», lo específico en su vocación al Carmelo teresiano; y la formación o atención a la propia vocación.
¿Qué es ser laico cristiano?
            Hablo a laicos que pertenecen a la misma familia del Carmelo, a la cual también pertenezco yo como religioso. ¿Cómo se puede entender y explicar esta pertenencia común de los laicos y de los religiosos a una misma familia, o mejor dicho, a la misma Orden?[1]  La respuesta no es tan fácil ni evidente. Creo que estamos todavía buscando la correcta formulación teológica y un modo adecuado a los tiempos para vivir esta co-presencia de estados de vida diversos en la experiencia de un mismo carisma. Y esto no puede consistir ni en transformar a los laicos en religiosos ni en «secularizar» la vocación de los religiosos. En otras palabras, la dificultad no se resuelve poniendo entre paréntesis las diferencias que caracterizan la vida del religioso y la del laico. Más bien al contrario, a mi parecer, el único modo correcto de comprender la relación es a partir de una definición clara y respetando las diferencias.
            Ciertamente, la definición del estado de vida del religioso es mucho más clara e individuable  que la del laico. En el Código de Derecho canónico (canon 607) se define la vida religiosa en base a tres elementos: la profesión pública de los votos (que no quiere decir hecha en público, sino «en las manos de un superior eclesiástico legítimo, que los acepta en nombre de la Iglesia»]), la vida fraterna en común y el desasimiento del mundo. Estos elementos no son propios del estado de vida laical. Por lo tanto, es importante evitar cualquier confusión, por ejemplo entre la profesión de los votos religiosos y las promesas que hace un laico o entre la vida en común de un religioso y la pertenencia a una comunidad o fraternidad de la Orden seglar, o por último, entre el desasimiento del mundo del religioso y el no ser del mundo de todo cristiano (son cosas que tienen consecuencias muy concretas. Pongo un ejemplo muy claro y comprensible: la actividad política).
El problema de la definición del estado de vida laical es que casi siempre se formula en términos negativos. Sin ir más lejos, yo mismo acabo de decir, por ejemplo, que los laicos no son religiosos. Pero, entonces ¿quién es el laico? La respuesta a esta pregunta es evidentemente la premisa lógica para poder después responder a la pregunta sucesiva sobre la identidad del laico carmelita.
            La historia del término «laico» revela mucho sobre la evolución del lugar del laico en la historia de la Iglesia y en la sociedad civil. Como sabéis, es un término que pertenece originalmente al lenguaje de la Iglesia e indicaba en los primeros siglos el grupo de los que pertenecían al laós, al pueblo de Dios. Por lo tanto, la primera connotación de este término es positiva: expresa participación y corresponsabilidad en la única realidad del pueblo de Dios. Sólo después, a partir del IV-V siglo se insiste mayormente en la diferencia entre los laicos y la jerarquía. Mientras al principio laico venía a significar más o menos «cristiano», en esta época pasa a significar «no sacerdote». A partir del siglo XIX, con la separación Iglesia-Estado, como consecuencia de la revolución francesa, la noción del laico asume otro significado: laico es todo lo que forma parte de la esfera «civil» reconocida como «independiente y neutra con respecto a cualquier religión o culto». Hoy día, a menudo, cuando se usa el adjetivo laico se sobreentiende «no religioso», ajeno o incluso hostil a cualquier creencia religiosa.
Sin embargo aquí hablamos de «laicos cristianos» y sobre todo de laicos que pertenecen a una familia religiosa compuesta por frailes y monjas. Es evidente el choque que esto provoca en la actual situación cultural en la que todos estamos inmersos, al menos en Occidente (y sabemos que en España, de modo particular, el proceso de secularización de la sociedad y de la moral ha asumido en estos últimos años un ritmo vertiginoso). Sin embargo, creo que está en nuestra mano y es nuestro deber recuperar el concepto de laico y de laicidad que originariamente pertenece al cristianismo. Por otra parte, es precisamente lo que el Concilio Vaticano II ha intentado hacer, revalorizando la figura y la misión del laico en una perspectiva teológica y eclesiológica. Como sabéis, a los laicos, a su vocación y misión se les atribuye como algo específico «el carácter secular».
«El carácter secular es propio y peculiar de los laicos […]  por propia vocación, tratar de obtener el reino de Dios gestionando los asuntos temporales y ordenándolos según Dios. Viven en el siglo, es decir, en todos y cada uno de los deberes y ocupaciones del mundo, y en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social, con las que su existencia está como entretejida. Allí están llamados por Dios, para que, desempeñando su propia profesión guiados por el espíritu evangélico, contribuyan a la santificación del mundo como desde dentro, a modo de fermento. Y así hagan manifiesto a Cristo ante los demás, primordialmente mediante el testimonio de su vida, por la irradiación de la fe, la esperanza y la caridad. Por tanto, de manera singular, a ellos corresponde iluminar y ordenar las realidades temporales a las que están estrechamente vinculados, de tal modo que sin cesar se realicen y progresen conforme a Cristo y sean para la gloria del Creador y del Redentor» (LG 31).
 Estas indicaciones fundamentales del Concilio han sido posteriormente desarrolladas en la exhortación apostólica Christifideles laici, en particular en el nº 15. La dignidad común a todos los bautizados asume en los fieles laicos una modalidad particular: la «secularidad».
    La dificultad que encontramos al hablar de la identidad del fiel laico depende probablemente de la insuficiencia de nuestra reflexión teológica sobre las realidades seculares y de la resistencia a pensar en el mundo como un lugar del Espíritu. Siglos de tradición nos han habituado a pensar el mundo como una realidad negativa, que se opone a la vida cristiana y a la vida del Espíritu. En cambio, el mundo es – según la perspectiva del Concilio retomada en la CL – «el ámbito y el medio de la vocación cristiana de los fieles laicos» (CL 15). El mundo, pues, en su realidad concreta, en sus situaciones y trabajos, se convierte en el instrumento del cual la gracia de Dios se sirve para la santificación de los fieles laicos. 
«La índole secular del fiel laico no debe ser definida solamente en sentido sociológico, sino sobre todo en sentido teológico. El carácter secular debe ser entendido a la luz del acto creador y redentor de Dios, que ha confiado el mundo a los hombres y a las mujeres, para que participen en la obra de la creación, la liberen del influjo del pecado y se santifiquen en el matrimonio o en el celibato, en la familia, en la profesión y en las diversas actividades sociales» (CL 15).
            Esta revalorización teológica del mundo depende de la nueva centralidad que el Concilio ha dado al hombre y a la historia y de la consideración de que el hombre no se puede pensar sin el mundo. El mundo forma parte de la propia humanidad. Por lo tanto, si la realidad del hombre, en todas sus dimensiones, corporales y espirituales, físicas y psíquicas está llamada a participar de la salvación, también la realidad del mundo, la cual va íntimamente unida al ser humano, comparte el mismo destino. Como se lee en LG 48:
«junto con el género humano, también la creación entera, que está íntimamente unida con el hombre y por él alcanza su fin, será perfectamente renovada en Cristo» (LG 48)
La vida seglar es por lo tanto el ámbito donde el cristiano laico está llamado a asumir el mundo y a unirlo a la vida de Cristo, para que en Él alcance la plenitud de su ser creado y se restablezca la unidad de todas las cosas. Haciendo esto el laico realiza al mismo tiempo su vocación a la santidad y su misión en la Iglesia:
                «La unidad de vida de los fieles laicos tiene una gran importancia. Ellos, en efecto, deben santificarse en la vida profesional y social ordinaria. Por tanto, para que puedan responder a su vocación, los fieles laicos deben considerar las actividades de la vida cotidiana como ocasión de unión con Dios y de cumplimiento de su voluntad, así como también de servicio a los demás hombres, llevándoles a la comunión con Dios en Cristo» […] La vocación a la santidad está ligada íntimamente a la misión y a la responsabilidad confiadas a los fieles laicos en la Iglesia y en el mundo. En efecto, la misma santidad vivida, que deriva de la participación en la vida de santidad de la Iglesia, representa ya la aportación primera y fundamental a la edificación de la misma Iglesia en cuanto «Comunión de los Santos». (CL 17)
¿Quién es el laico carmelita?
            Creo que estas indicaciones provenientes del Magisterio reciente de la Iglesia sean de una gran importancia y nos ayuden a dar una respuesta correcta a la pregunta fundamental que me habéis hecho sobre ¿cuál es la identidad del laico carmelita? Permitidme una vez más citar un breve texto del Magisterio, el canon 303 del Código de derecho canónico, que es el único donde se hace referencia explícita a la realidad de las Terceras Ordenes u Ordenes seglares. Dice así:
Las Asociaciones donde los miembros llevan una vida apostólica y tienden a la perfección cristiana participando en el mundo al carisma de un Instituto religioso, bajo la dirección suprema del mismo Instituto, reciben el nombre de Terceras Ordenes o bien otro nombre adecuado.
            Con el estilo sintético propio de un texto legislativo, este canon nos ayuda a individuar las características realmente importantes, es más, constitutivas de una Orden seglar. Subrayo en particular los dos fines que una Orden se propone alcanzar y que justifican su existencia: la búsqueda de la perfección cristiana y una vida apostólica. Estos dos fines se buscan «participando en el mundo del carisma de un Instituto religioso»; por lo tanto, es el espíritu característico de una determinada familia religiosa, su identidad carismática, la que inspira y encamina a los miembros de la Orden seglar hacia la consecución de tales fines, dentro de una condición de vida no religiosa, sino secular.
            A la luz de cuanto se ha dicho, el laico carmelita puede definirse como una persona que busca la santidad, es decir, la plenitud de su vocación bautismal, y vive una «vida apostólica», bella expresión para significar no sólo la asunción de una serie de tareas o actividades apostólicas, sino la actitud de quien pone toda su vida al servicio de Cristo y del evangelio.  Para hacer todo eso, sin embargo, no modifica su condición de vida en el mundo, con todas las variantes afectivas, económicas, sociales, políticas y culturales. Está presente en todas estas dimensiones y las vive en profundidad, evangelizándolas en persona misma, es decir, uniéndolas a Cristo, del cual es miembro, pues el bautizado –como decía San Agustín– «se ha convertido no sólo en cristiano sino en Cristo mismo» (Comentario al evangelio de Juan 21,8). 
            Vivida de este modo, la vida secular se convierte en una verdadera riqueza tanto para la Iglesia, como para el carisma de la Orden, al permitirle manifestar así todo su potencial evangélico y evangelizador, de liberación y de santificación del hombre y de su mundo. Iluminadas y animadas desde dentro, las realidades seculares brillan con aquella luz de vida nueva que proviene del Resucitado, el cuál –por decirlo con palabras de San Juan de la Cruz– «con sola su figura / vestidos los dejó de hermosura». ¡Que grande y maravillosa misión la vuestra, hacer que las realidades de cada día, desde la familia al trabajo, desde la amistad a los pasatiempos, y tantos otros momentos, se conviertan en parábolas del Reino de Dios que viene, es más, ya ha venido en medio de nosotros!
            La búsqueda de la santidad cristiana en el mundo tendría que ser, por lo tanto, la nota que caracterice cada actividad de los miembros del Carmelo seglar. Es cierto que, a pesar de que haya pasado casi medio siglo desde el Concilio Vaticano II, la imagen que prevalece del santo no es tanto la del laico, sino la del mártir, el pastor, el misionero, la religiosa o el religioso. A menudo, incluso a la hora de presentar la santidad de un laico se insiste en los puntos excepcionales, casi como diciendo que ha llegado a la santidad a pesar de las condiciones de su vida laical, y no al interior y como consecuencia de ellas. Decir por ejemplo que un político pueda haber buscado la santidad a través de su actividad política o un empresario a través de su actividad económica, no es nada evidente.
            Me pregunto si esta prevalencia de la modalidad no secular en la vivencia de la vida cristiana no haya influido también sobre ciertas impostaciones de las Ordenes seculares, que parecen una copia en formato reducido de prácticas propias de la vida religiosa. El ejemplo más típico son las «promesas» de vivir según los consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia, claramente derivadas de la profesión de los votos religiosos. Hay que decir que, desde el punto de vista canónico, las promesas (o los votos) no forman parte de los elementos que caracterizan las Ordenes seculares. En el derecho universal no se hace ninguna alusión a ello y en muchas Ordenes seculares no están previstos. Es más, existe una cierta incompatibilidad entre la pertenencia a una Orden seglar y la profesión pública de votos, por lo que un religioso no podría ser miembro de una Orden seglar (el Código del 1917 lo prohibía explícitamente).
            Se entiende que es difícil «inventar» para un laico una forma de compromiso solemne para vivir de forma plena y radical su consagración bautismal, que sea diversa de la forma tradicional de la profesión de votos religiosos. El añadido en la promesa de vivir según el espíritu de las bienaventuranzas intenta diferenciar el rito del compromiso del seglar del rito de la profesión religiosa, pero –siguiendo los tres votos religiosos clásicos (por otra parte, no anteriores al siglo XII)– da casi la impresión de tratarse de un «cuarto voto», cuya praxis se difundió en muchas congregaciones religiosas.
            Está claro de todas formas que el compromiso decisivo es el de seguir a Cristo, vivir «in obsequio Jesu Christi» en medio del mundo. Esto además se hace –y éste es otro elemento esencial– según el espíritu del Carmelo, participando en el carisma de nuestra familia religiosa. El P. Emilio expondrá de forma más completa y detallada las características del carisma teresiano. Por mi parte, me limito a acentuar dos aspectos. El primero es que el carisma de Teresa nace y se define como respuesta al descubrimiento del amor de Dios hecho hombre, que la ama como es, sin condiciones ni reservas, amada aun siendo pobre y pecadora. Algo se despierta entonces en la persona de Teresa al experimentar esta cercanía, esta presencia de amor, que atrae con fuerza, pero al mismo tiempo con respeto y delicadeza, su libertad. Teresa, a partir de entonces, no puede ser sino Teresa de Jesús: la relación con El es su nuevo nombre, su nueva vocación y misión.
            En el Carmelo estamos por Jesús, porque El nos ha tocado misteriosamente, pero indudablemente. No sabría decir porque ha puesto su mirada sobre mí, pero me resulta imposible dudar de esto. A partir de este momento, como dice con gracia Teresa: «no lo podréis apartar de vuestro lado» (C 26,1). De modo, que la primera y principal manifestación del carisma teresiano es la de vivir en compañía de Jesús: «Todo lo que hagáis de palabra u obra, hacedlo todo en el nombre de Jesús, dando gracias a través de él a Dios Padre» (Col 3,17, cit. en la Regla 19.). Obviamente, no se trata de una actitud sentimental, sino de un ejercicio de fe, de vida teologal, que sólo es posible cuando se nutre constantemente de la oración, entendida como un diálogo amistoso con el Señor, y se alimenta con la escucha de la Palabra de Dios.
            Otro aspecto es la «atención al otro», atención a la persona, a la comunidad, a la Iglesia. La vida con Cristo y en Cristo no es egoísta, centrada sobre nosotros mismos, sino que es vida para el otro, sin reservas, sin cálculos. No se trata solamente de un deber moral o de un ejercicio de virtud. Es un modo de vivir, de pensar la existencia. Es un hecho que para los amigos de Jesús no tiene ningún sentido vivir de otro modo, vivir sin perder la vida. Por eso, ni siquiera la vida de oración, que aunque necesite también recogimiento y soledad, no nos cierra en nosotros mismos, sino que nos impulsa hacia el otro con una sensibilidad y una generosidad nueva. Esto es, por otra parte, el único signo tangible de que nos hemos encontrado con el Señor y no con nosotros mismos.  
            Como veis, estas características simples, elementales del carisma que ha animado la vida de Teresa son reproducibles en estados de vida bastante diversos y en cada uno manifiestan aspectos y riquezas nuevas. El carisma es fecundo y produce «frutos del Espíritu»: amor, paz, alegría, benevolencia (cfr. Gal 5,22). Y al mismo tiempo es exigente, ocupa espacios de nuestra vida y los hace suyos. Por eso quien se decide por esta vocación, con «determinada determinación», descubrirá antes o después que no se pertenece, que no puede reservarse nada para sí, y que al mismo tiempo posee todo de un modo nuevo. No es cuestión de promesas, de votos o de prácticas ascéticas: es una vida en el Espíritu que se enciende en nosotros y nos llama hacia la luz. Si se lo permitimos, ésta opera y transforma nuestra realidad.
Formación y comunidad
            Abordo así el tercero y último punto sobre los que me he comprometido a hablaros: la formación, el cuidado de la vocación, que– a mi parecer – es algo inseparable de la comunidad en la cual la vocación carmelita nos inserta. El valor formativo de la comunidad ha sido subrayado en varias ocasiones por Teresa. Aludo solamente a un texto significativo del libro de la Vida :
Andan ya las cosas del servicio de Dios tan flacas, que es menester hacerse espaldas unos a otros los que le sirven para ir adelante […] Es menester buscar compañía para defenderse, hasta que ya estén fuertes en no les pesar de padecer; y si no, veránse en mucho aprieto. Paréceme que por esto debían usar algunos santos irse a los desiertos. Y es un género de humildad no fiar de sí, sino creer que para aquellos con quien conversa le ayudará Dios; y crece la caridad con ser comunicada (V 7,22).
     Tengo la impresión de que en las Constituciones de la Orden seglar no se haya desarrollado suficientemente este aspecto de la vocación carmellita. A pesar de la afirmación decisiva del nº 40, según el cual «la Orden seglar se estructura fundamentalmente sobre la comunidad local como signo visible de la Iglesia», el tema de la dimensión comunitaria parece reducirse solo a cuestiones organizativas y de gobierno.
            En realidad, Teresa no ha sido solamente maestra de oración y de contemplación para los cristianos considerados en su individualidad, sino que ha querido fundar comunidades orantes. Es significativo que para Teresa el amor de unas con otras sea la primera condición para poder empezar un camino de oración. Ella sabía por experiencia las dificultades y los riesgos que un tal camino presenta cuando se está solo. En la soledad es fácil desanimarse y renunciar, es fácil encogerse, y sobretodo ser presa de ilusiones peligrosas, que nos llevan a confundir el Espíritu con el espiritualismo, el Dios vivo y verdadero con nuestras imágenes y nuestros ídolos. Por eso el confrontarse con el otro, con el que es diferente de mí, no sólo es útil sino indispensable. Sólo en la relación con el otro descubro quien soy verdaderamente y en qué etapa del camino me encuentro. Mi verdad más profunda no es la que descubro mirándome al espejo o haciendo interminables introspecciones. Es aquella que se manifiesta con evidencia cristalina cuando entro en relación con la hermana o el hermano que está a mi lado. Como decía Sócrates, en el Primer Alcibíades de Platón, «me conozco viéndome en la pupila del otro».
            Es verdad, que como decía al principio, no se puede identificar la comunidad de la Orden seglar con una comunidad religiosa. Son realidades diferentes, tanto desde del punto de vista antropológico como experiencial, y diferentes tanto a nivel teológico como eclesiológico. La comunidad religiosa tiene si acaso su paralelo en otra comunidad de vida, que es la familia.
            La comunidad de la Orden seglar tiene características y finalidades diversas. No se reúne con excesiva frecuencia (una o dos veces al mes). Lo que la une es, me parece, más que una interacción constante entre los miembros, el hecho de caminar juntos, o mejor en la misma dirección, compartiendo objetivos y finalidades, cada uno en la situación particular de vida en que se encuentra.
            Precisamente este hecho de «compartir» se convierte en fundamental para una comunidad que no vive junta, pero que se encuentra periódicamente para retomar fuerzas y motivación para el camino. ¿Somos capaces de hacer de nuestras comunidades seglares auténticos lugares de intercambio y de revisión de vida? Si es así, entonces no pueden no ser atractivas, porque hoy más que nunca se siente la necesidad de lugares capaces de favorecer el encuentro y el discernimiento en una sociedad que tiende por el contrario a la dispersión y a la distracción. Naturalmente, hacer realidad estos lugares donde compartir implica un trabajo y un compromiso, no exento de riesgos. Se trata de crecer en la confianza y en el conocimiento recíproco, de modo que se pueda hablar y compartir con libertad, sin temor a ser juzgados, malentendidos o traicionados. Pienso que la comunidad tiene que preguntarse seriamente si está haciendo este camino de maduración y si su papel en la vida de sus miembros es realmente importante o solamente algo marginal.
            La lectura de los escritos de Teresa, en la cual toda la Orden está empeñada de cara a la preparación al Centenario de su nacimiento, es una ocasión preciosa para confrontar nuestras vidas con su vida, nuestro modo de responder al Señor y de servir a la Iglesia con el suyo. Creo que  Teresa nos invita a una mayor audacia. Pues somos un poco tímidos, un poco titubeantes a la hora de recorrer hasta el final el camino que ella nos marca. Y sin embargo, no hay nada que temer, pues -como nos dice Teresa en la Vida, en el capítulo 35,13-14:
El que os ama de verdad, Bien mío, seguro va por ancho camino y real. Lejos está el despeñadero. No ha tropezado tantico, cuando le dais Vos, Señor, la mano. No basta una caída ni muchas, si os tiene amor y no a las cosas del mundo, para perderse. Va por el valle de la humildad. [14] No puedo entender qué es lo que temen de ponerse en el camino de la perfección. El Señor, por quien es, nos dé a entender cuán mala es la seguridad en tan manifiestos peligros como hay en andar con el hilo de la gente, y cómo está la verdadera seguridad en procurar ir muy adelante en el camino de Dios. Los ojos en El, y no hayan miedo se ponga este Sol de Justicia, ni nos deje caminar de noche para que nos perdamos, si primero no le dejamos a El.
            Así nos habla Teresa con pasión de esposa y, al mismo tiempo con cariño de madre. Son palabras que nacen de la vida, de una vida ciertamente trabajada y sufrida, pero también de una vida plena y completamente feliz. ¿Estaremos a la altura de este ejemplo y de esta enseñanza? Es importante de todos modos que no nos cansemos de confrontarnos y que no nos olvidemos que a esto fuimos llamados el día en que atravesamos el umbral del Carmelo.



[1] «La gran familia del Carmelo teresiano está presente en el mundo de muchas formas. Su centro es la Orden de los Carmelitas descalzos, formada por frailes, monjas de clausura y seglares. Es una única Orden con un mismo carisma» (Costituciones OCDS, Proemio); «[Los Carmelitas seglares] comparten con los religiosos el mismo carisma, viviendo cada uno según su propio estado de vida» (ivi, n°1).


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